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viernes, 28 de enero de 2011

Entre Fernando Pessoa y la Revolución de los Claveles

Víctor Montoya
Desde Suecia




En julio de 1987 viajé a Portugal, con la intención de ver el proceso electoral que se venía desarrollando entre bombos y platillos. Cuando llegué a Lisboa, la ciudad blanca y cuna de conquistadores, me sorprendió ver una caravana de personas vestidas de naranja, cubiertas de pegatinas con el retrato de Aníbal Covaco Silva y agitando frenéticamente las banderas del Partido Social Demócrata (PSD).




Mientras era conducido al hotel, en medio del caos del tráfico, ante mis ojos cruzaban camionetas cargadas de megáfonos que hacían vivas a sus candidatos entre un estruendo de voces y bocinas. En las avenidas principales, la propaganda proselitista estaba dividida casi en partes iguales entre los carteles naranjas del PSD y los emblemas blanco-azules de la Coalición Democrática Unitaria (CDU), encabezada por el Partido Comunista Portugués (PCP).



La ciudad, que parecía nacida del abrazo del Tajo y el mar, desparramada por las siete colinas que dominan las aguas del mar de la Paja, tenía la fachada leprosa y los pavimentos agujereados. Esta capital, que antes olía a jazmín y canela, a sardinas asadas a la brasa y a café recién tostado, no olía más que a tubos de escape y gases de automóviles, y, por las tardes, cuando los cubos de basura salían a la calle, se observaba incluso a personas que buscaban su comida entre los desperdicios como aves de rapiña.



Todos los días, cuando el resplandor rosáceo de los rayos del sol anunciaba el ocaso, unas escalinatas y un laberinto de calles empinadas me conducían a los barrios típicos de Alfama, la Mauraria y el Barrio Alto; uno de los más pintorescos del casco antiguo de la ciudad, y hasta cuya cima se debía ascender por medio de un funicular en el que cabían pocas personas. Todo esfuerzo valía la pena si se quería degustar un buen plato de gambas con piri-piri cerca de la ventana de un restaurante que permitiera contemplar las aguas glaucas del mar y ver el aire salpicado de gaviotas.



Por las noches, como todo visitante ansioso por vivir y revivir las emociones más vibrantes de la ciudad, recorría las callejuelas de Alfama. De las ventanas salían jirones de música potuguesa o africana y de las puertas actores entrados en años. En medio de la calle habían hombres ataviados de negro, invitando a los transeúntes a pasar la noche en una especie de peña folklórica llamada “fado”, donde los portugueses ofrecían un espectáculo de su tristeza y su tragedia, a través de una viola acompañada de un canto desgarrado y melancólico. Además, en este barrio de vida nocturna, al igual que en el centro comercial de Baixa, que está entre la plaza del Rocío y la del Comercio, daba la impresión de haberse instalado el lujo en medio de la pobreza.



Tras los pasos de Fernando Pessoa



Queda claro que estando en Lisboa se hace necesario recorrer por las mismas calles que transitó Fernando Pessoa, un hombre enigmático y de heterónimos diversos, que de día ejercía como traductor, más exactamente como «corresponsal extranjero de casas comerciales», y de noche escribía poesía, una poesía que se desdoblaba en varios autores ficticios, como cuando un niño juega a su gusto y capricho con los personajes creados por las aventuras de su imaginación.



Aunque sus biógrafos coinciden en señalar que era partidario de un nacionalismo místico, del que debía ser abolida toda infiltración católico-romano, tenía divergencias con las ideas comunistas y simpatizaba con el orden monárquico de una nación, pues consideraba que el sistema monárquico sería el más apropiado para un país como Portugal, que en ese entonces tenía bajo su control a colonias allende los mares. Sin embargo, de haberse dado un plebiscito para elegir entre un regímen monárquico y un Estado republicano, él estaba dispuesto a votar a favor de la República.



Seguir las huellas de Pessoa en Lisboa, es seguir los pasos de uno de los escritores más grandes de la lengua portuguesa, aunque él se despidió del mundo sin haber visto publicada la mayor parte de su obra literaria, que sigue siendo motivo de análisis y controversias. Murió a los escasos 47 años de edad debido a afecciones hepáticas, asociadas a una cirrosis provocada por el excesivo consumo de “Águia Real”, un aguardiente que hoy se bebe tanto como la poesía de quien lo hizo famoso. Por eso los aficionados a su obra y al alcohol, están casi obligados a echarse unas copas de “Águia Real” a su paso por las calles donde estuvo el poeta como un fantasma enfundado en un traje oscuro, abrigo, sombrero y gafas.



Caminar por las calles de Chiado, que es una de las zonas más tradicionales de la ciudad, entre el Barrio Alto y la Baixa, es respirar y escuchar los versos de los poetas que frecuentaron los bares y restaurantes de este barrio a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. De todos ellos, Fernando Pessoa es quien más huellas ha dejado en las aceras. Por eso no es casual que, con el transcurso del tiempo, se le haya erigido una estatua de bronce hoy situada en la calle Garrett, cerca del “Largo do Chiado”, donde sus admiradores y admiradoras pueden verlo sentado en su silla preferida, luciendo sus 1,73 m de altura, con la pierna cruzada y la mano apoyada sobre la mesa, como quien espera con insoportable paciencia la copa que solicitó alejado de los quitasoles y consciente de que “ser poeta o escritor no constituye una profesión, sino una vocación”.



La “Revolución de los Claveles”



En abril de 1974, bajo la luz pálida de un amanecer, se derrumbó a la dictadura fascista más vieja del Viejo Mundo, en menos de 24 horas y bajo la dirección de 200 capitanes, marcados por la experiencia de la guerra colonial.



Era de esperarse, pues ya a finales de la década de los ‘60, el régimen dictatorial se aisló y anquilosó, en un mundo occidental en plena efervescencia social e intelectual. Entretanto en sus viejas colonias, como Mozambique y Angola, arrastradas por los movimientos de descolonización, habían estallado en revueltas desde principios de la década y obligaban a Portugal a mantener por la fuerza de las armas el imperio portugués que estaba instalado en el imaginario de los ideólogos del régimen. De ahí que el país se vio abocado a invertir grandes esfuerzos en una guerra colonial de pacificación, actitud que contrastaba con el resto de potencias coloniales que trataban de asegurarse la salida del continente africano de la mejor manera posible.



Mientras esto sucedía en las colonias, en la capital portuguesa se abrían las alamedas para el triunfo de la revolución de abril; una sublevación armada en la cual no corrió sangre y que fue bautizada casi inmediatamente como la “Revolución de los Claveles”, gracias a una mujer anónima que, pertrechada de la flor de temporada, regaló un ramo de claveles a los soldados que tomaban posición en las calles de Lisboa. Horas más tarde, los millones de claves, que llegaron de los huertos y los campos aledaños a la ciudad, fueron puestos en el cañón de los fusiles, en los ojales de las camisas, en los jarros, cubos y latas. Así, la revolución de abril encontró su bandera en las manos de una mujer que, besando y abrazando a los soldados, distribuyó claveles en lugar de pitillos y cerillas.



En la madrugada del 26 de abril, la Junta de Salvación Nacional aparece en las pantallas de la televisión. En su primer mensaje, la Junta habla ya de la creación de una Asamblea Constituyente, de la celebración de elecciones y de la devolución del poder a los civiles. El pueblo festejó tres días y tres noches el fin de la dictadura y el desplome de un imperio de siglos en África. La alegría popular no cesó en las calles y el 1 de mayo, autorizado por primera vez, fue el punto culminante de la revolución esperada. Los dirigentes políticos de la oposición retornaron del exilio y los aliados del Dictador Oliveira Salazar abandonaron el país, seguidos por los empresarios privados.



Durante veinte meses, los portugueses vivieron la borrachera revolucionaria. Los campesinos tomaron las tierras y los obreros ocuparon las fábricas. Los grandes capitalistas huyeron con el dinero a cuestas y los esbirros de la dictadura fueron juzgados. La banca y las empresas transnacionales cayeron a golpes de nacionalización; en otras palabras, se liquidó en poco tiempo el latifundio y el capitalismo monopolista de Estado. Con todo, el Portugal, que producía vagones para el Metro de Chicago, grúas para el puerto de Nueva York y equipaba los teléfonos de Bahreim, seguía siendo un país subdesarrollado como cualquiera de África o América Latina.



Portugal nunca fue una potencia, ni antes ni después de la revolución de abril. Siempre mantuvo a una enorme burocracia parásita que vivía a costa del Estado, y a una clase media que se modernizaba por fuera pero no por dentro. Portugal era un país que importaba la mitad de los alimentos que consumía, aunque uno de cada cuatro habitantes trabajaba en la agricultura.



Sin embargo, nadie duda de que este país crecido a orillas del mar, desde donde un puñado de aventureros se lanzaron a conquistar África y América, haya sido en otrora un gran imperio, pero al mismo tiempo una colonia; primero de los ingleses y después de las transnacionales. Ahora bien, lo extraño no estriba en que Portugal siga siendo un país capitalista atrasado y dependiente, sino en que ese movimiento militar iniciado por los capitanes rebeldes, al son de una canción popular prohibida por el régimen dictatorial, haya desembocado en un proceso contrarrevolucionario. Primero, porque eliminó del escenario político al carismático teniente coronel Otelo Saraiva de Carvalho; y, segundo, porque el pueblo se volvió a dividir en dos bloques que representan dos modelos distintos de sociedad: la socialista y la capitalista.



Salir a las calles de Lisboa en julio de 1987, era como salir a experimentar una confusa convulsión social, donde nadie entendía a nadie. En las plazas miles de personas organizaban mítines para respaldar a sus respectivos candidatos; claro está, en medio de una agitación vocinglera. La caravana que acompañaba el coche del candidato socialdemócrata, Aníbal Cavaco Silva, iba rodeado de jóvenes embanderados en una ola de color naranja, mientras el candidato del Partido Socialista (PS), Víctor Constancio, caminaba seguido por una camioneta, desde la cual coreaban sus partidarios: “¡Constancio va a pie y no en un coche blindado!”. Cuando el líder socialista ingresó a la plaza, abriéndose paso entre la multitud, algunas de sus admiradoras se le abalanzaron queriendo besarle en la mejilla mientras otros intentaban mirarle de cerca y estrecharle la mano. Y, entre vozarrones que ensordecían a cualquier humano, Constancio levantó el puño y prometió: “No nos aliaremos con el Partido Socialdemócrata ni negociaremos con el Partido Comunista”.



En medio de este alboroto organizado, el Partido Comunista, dirigido por Álvaro Cunhal desde 1961, fue la única fuerza de izquierda capaz de retener un poco el vendaval de la derecha, con una actitud militante y eficaz. Al cierre de las urnas, se conocía ya la irresistible ascensión al poder de los socialdemócratas, con más del cincuenta por ciento de los votos. Este triunfo histórico de la derecha, que por primera vez obtuvo la mayoría desde la conquista de la democracia en 1974, implicaba el entierro definitivo de la “Revolución de los Claveles”, la estrepitosa derrota del Partido Renovador Democrático (PRD), del general Antonio Ramalho Eanes, y un jaque peligroso para la oposición de izquierda, dividida entre socialistas y comunistas.



Años después de aquel bullicio electoral, donde los partidarios de Cavaco Silva apoyaron el modelo de modernización marcado por el liberalismo económico, los portugueses han vuelto a su silenciosa rutina, las contradicciones de clase se han polarizado, las empresas capitalistas han vuelto a retomar el control de la economía nacional y, lo que es lamentable, la “Revolución de los Claveles” no es más que un viejo recuerdo, como tantas otras que se marchitaron antes de alcanzar su florecimiento total.



Noticias vienen, noticias van



En noviembre de 1987, a tres meses de mi retorno a Estocolmo, el teniente coronel Otelo Saraiva de Carvalho, símbolo de la “Revolución de los Claveles”, fue condenado a 15 años de prisión, por un tribunal que lo declaró culpable de sedición contra las instituciones del Estado.



En las fotografías de la prensa se lo veía sentado dentro de una jaula de cristal y de hierro, en tanto el tribunal declaraba que la organización clandestina denominada Fuerza Revolucionaria, fundadas y comandada por él, se dedicó a realizar “actos voluntarios y violencia armada”, como atentados con explosivos, atracos y atentados personales contra empresarios y agentes de las fuerzas de seguridad del Estado. El tribunal también consideró que la organización defendía el uso de la violencia para impedir un eventual golpe fascista e instaurar el poder popular por vía de la insurrección armada.



El encarcelamiento de este militar carismático, que devolvió la democracia en Portugal y la independencia en Mozambique (colonia donde nació en 1936), dividió a los portugueses en partidarios y adversarios de la tesis de culpabilidad o inocencia. Los que estaban a favor dijeron que el proceso judicial contra él era un proceso político contra la “Revolución de los Claveles”, en tanto los más reaccionarios e institucionalistas dijeron que había que condenarlo a cadena perpetua por terrorista de extrema izquierda. Cuando en realidad, este hombre que fue el estratega del golpe de Estado que volteó a la dictadura fascista, debía haber sido considerado un héroe no sólo para Portugal sino también para todo el mundo. No en vano Saraiva de Carvalho fue homenajeado por Fidel Castro en persona, el 26 de julio de 1975; ocasión en la cual el mandatario cubano consideró al carismático líder militar "un héroe de la revolución portuguesa contra el fascismo, el imperialismo y la reacción".



De todos modos, Saravia de Carvalho pasó varios años haciendo rayitas en las paredes de su celda, como quien ha perdido toda esperanza de transformarse en el Fidel Castro portugués y en el protagonista de un proceso histórico que empezó con él y que acabó arrojándolo a la cárcel, como si hubiese sido estrangulado por la misma criatura que él vio nacer. Por suerte, como todo tiene su solución en esta vida, gracias a su condición de héroe del 25 de abril, se formó un amplio movimiento popular en demanda de su indulto, a consecuencia de lo cual se abrevió notoriamente su condena y el presidente Mário Soares le otorgó la amnistía en 1996, aun sabiendo que Saraiva de Carvalho seguiría siendo un puntal de referencia para la izquierda alternativa en Portugal, porque quien nació un día para vocear las aspiraciones populares, voceando muere otro día.

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