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jueves, 21 de julio de 2011

¿POR QUÉ TUVE YO QUE VER Y SABER ESTO?



Autor Ley Simé


LEY SIME LO CUENTA


Nos remontamos a aquellos tiempos cuando se realizaban los famosos y fuertes torneos de softball en los que participaban los equipos del IAD dirigido por el entusiasta Augusto Sarita y el Ejército Nacional dirigido por el caballeroso Mayor Landestoy.


El equipo del IAD ya había ganado la serie regular y esperaba el ganador de la serie semifinal, entre los Lisonjeros y el Ejército Nacional quienes tuvieron que emplearse a fondo para derrotar al poderoso Lisonjero y tener derecho a enfrentar al temible equipo del IAD en la serie final.

Se fueron al tú me das y yo te doy en una serie pactada a un 7-4. Desde ese mismo martes cuando se inició, el estadio de softball ubicado detrás de la fortaleza, en hora de la noche, se abarrotaba de público, daba la impresión de que todo Mao estaba allí metido, haciendo cordones de gentes en torno al estadio.

 Era un espectáculo para no perdérselo, dado la rivalidad que había entre ambos equipos. El Comandante del ejército de Mao, Coronel para entonces, tenía dos hijos en el bando opuesto. La esposa del Ing. Sarita, manager del IAD y Carlos Ramón, que Dios lo tenga el la gloria de los cielos, quien era de los más fervorosos y asiduos fanáticos del IAD. 

Los equipos llegaron empatados y debía jugarse un juego decisivo y para ello se tomaron todas las providencias de seguridad para ese día.La gente en las calles de Mao esperaba impaciente la hora de irse para el estadio y no perder ni un solo detalle de ese juego. Carlos Ramón, que para entonces era oficial de la policía, también se preparaba para animar a sus muchachos y para ello tenía una batería bien cargada y una potente sirena para animar las buenas jugadas de su equipo, el IAD.

Ambos equipos, buscaron un buen chief-umpire y lo encontraron en Epy Simé, quien estaba apoyado por veteranos del béisbol amateur de la ciudad, como auxiliares. Por la línea del lefthabía dos militares (PM), uno de home a tercera y otro de tercera al outfield. Por el lado derecho lo mismo para que el orden fuera impecable.

 Llega la hora, los árbitros y los dirigentes están discutiendo las reglas del terreno. Advierten que no debe de haber ningún fanático vestido de civil en los dogouts.

 Pero había un problema, la batería y la sirena de Carlos Ramón estaban en el dogout izquierdo, junto a los jugadores del IAD. El juego se inicia cuando salen al terreno los del IAD.

 El aplauso y la algarabía fueron ensordecedores, porque este equipo gozaba de la simpatía de casi toda la fanaticada. 

Era oportuno el momento para los fanáticos "bufear" a los guardias, que en esos tiempos no tenían muchas simpatías en la ciudadanía y la ocasión era propicia, al menos, para llevarles la contraria. Los tres outs fueron rápidos.

 Ya Carlos Ramón está en el dogout listo para hacer accionar su sirena. No tuvo oportunidad porque se fueron de uno dos y tres en el primer inning. Y así llego hasta la cuarta entrada, cuando hubo una rebelión del IAD y la sirena comenzó a hacer sus estragos, más el aliento de los fanáticos animando a sus pupilos. 

Al arribar al quinto episodio, cuando el IAD viene a agotar su turno, el manager del Ejército pide tiempo y viene donde el árbitro, para que sacara del terreno de juego al fanático y a la sirena.El juego se detiene y Epy, el árbitro principal, va donde Carlos Ramón y le solicita que saque del terreno al fanático y que también saque el equipo de hacer bulla, sirena y batería.

 Carlos Ramón se pone de pie y se coloca detrás del banco de los jugadores y bajó su sirena y su batería al suelo. Así se logra reiniciar el partido, bajo la protesta de todos los fanáticos.

 Carlos Ramón, era muy querido en Mao, por la forma en que todos los conocimos, simpático y humilde con todos. Más esa sonrisa de niño que salía de sus labios, daba simpatía por todos lados. Pasó el quinto y en el sexto inning los del IAD tienen movimiento. Eso hace que Carlos Ramón entre en acción con su sirena y esta vez más persistente, cuando el manager del E. N. pide tiempo de nuevo. Pero esta vez ordenó al guardia del orden, para que le sacara la sirena del play. Cuando este guardia llegó, con el mayor detrás y hace el intento de bajarse para coger la sirena y la batería, Carlos Ramón le gritó, bajo el apoyo del público: Guardia no le ponga la mano a eso. 

Aquí se formó otra vez, la de chupe usted y déjeme el cabo. Imagínense en la posición de este pobre guardia.

El mayor le ordena que saque al fanático y sus implementos y el hijo del coronel se resiste y ordena al guardia que no toque eso. En sus ojos se podía leer claramente la impotencia. El juego se detuvo un rato.

 Hablaron las partes y el Mayor se retiró, dejando un suplente para que terminara dirigiendo el partido. Ya no había mucho que hacer de parte del Ejército, puesto que el juego ya prácticamente estaba decidido a favor del IAD. 

Terminó el partido y el IAD y todos celebraban, fanáticos y jugadores la conquista de la corona de campeones.El final no fue tan brillante como se esperaba debía de ser, por el incidente de mal gusto que le restó lucidez, limpieza y orden, que con el ejemplar comportamiento de todos los fanáticos merecía que todo saliera como se desarrollaron los partidos anteriores.

 La sensatez brilló por su ausencia. Pero pensamos que todo se acontecía ante los ojos de miles de fanáticos y cualquiera, tanto de un lado como del otro bien pudieron sopesar la situación.

CONSECUENCIALuego de terminada la euforia del triunfo y las celebraciones y pasado algunos días, corría la noticia de que el Mayor Landestoy y el Coronel habían tenido una intríngulis con la situación que había sucedido en el estadio de softball entre él, el Mayor y su hijo. No se supo mucho, pero corrió el rumor de que ambos no estaban muy conformes con lo sucedido en el play esa noche. Una semana después corrió otro rumor de que el Mayor estaba de traslado y que partiría el próximo lunes.

 Pero para limar algunas asperezas, un grupo de oficiales consiguió permiso para hacerle una despedida de gratitud al Mayor; también muy querido entre sus subalternos, por lo respetuoso que era con todos, civiles y militares. 

Ese grupo de oficiales prepararon todo para amenizar una fiesta ese domingo en el Club para oficiales de ese recinto ubicado, al igual que el estadio, detrás de la fortaleza.

 El sábado por la noche anterior al día de la fiesta de despedida, el grupo de oficiales organizadores del evento concibió la idea de también entregarle al Mayor Landestoy, un pergamino de reconocimiento a la labor desarrollada por éste. Al otro día era domingo, y día de la celebración de la fiesta. Salen temprano tras la consecución de ese pergamino. 

Todo está cerrado. Buscan al dueño de la Librería Mao, Lcdo. Dago Almánzar, con la esperanza de conseguir el pergamino. Nada. Se dirigen donde la señora Aura Bueno, quien manejaba muchos diplomas para los graduados de su Instituto.

 Y nada, al menos lograron que doña Aura, le diera nuestro nombre, porque para entonces era el que le colocaba los nombres a los diplomas de los graduados en su Instituto. Salen por la calle Duarte en un Jeep y tres oficiales, preguntando por Ley Simé y dónde vivía. 

Nada. Ese domingo como de costumbre, siempre me iba temprano a la casa de un compadre gallero en la calle Santa Ana, Genaro López (Quírico), a hablar y verlo manipular los entrenamientos que le dan a los gallos.

Salgo de la casa y doblo por la Duarte con rumbo a mi casa, cuando unos amigos me detienen, debajo de una mata de limoncillos que había al cruzar el puente del canal, y me dicen que un Jeep y tres militares me buscaban impacientemente.

 Lo tomé de chanza, pero al decirme que era de verdad, hice un análisis de mi conciencia y encontré que yo no había hecho nada malo que me comprometiera con una búsqueda militar. Así seguí tranquilo mi camino hacia mi casa. Algunos amigos me decían en el camino, que me escondiera, que la guardia me buscaba. 

Concepto de la época. Pero ya tenía en el pensamiento el temor de que me hubiesen involucrado en algo que yo ignoraba. Así bajo ese temor llegué a mi casa. 

Al entrar, mi madre me calmó diciéndome que unos militares me buscaban para que les hiciera un trabajo. En pocos instantes, llega el Jeep y se desmontan los militares, bajo la sospecha de los vecinos y me dicen: Usted, nos han dicho, es la única persona que nos puede sacar de un apuro. Y me plantean que si yo le podía confeccionar un pergamino que debían entregar esa misma noche.

 El aire de tranquilidad volvió a nuestro estado normal. Bien; analizamos el trabajo, luego nos montamos en el Jeep y salimos rumbo a la librería en busca de un pliego de papal de hilo, por lo que tuvimos que molestar de nuevo al dueño de la librería.

 Mi casa se llenó de vecinos y amigos curiosos, cuando salimos en el Jeep, preguntando el por qué me habían llevado preso. Al regresar de nuevo a nuestra casa, todavía había varias personas y uno de los militares, al desmontarnos, le dijo: Ese muchacho no tiene problemas, pero sí, nos va a resolver uno. A qué hora podemos venir a buscarlo; ah, y prepárate que estás invitado a la fiesta, me dijo el Capitán, al marcharse.Busque a Arístides Gómez, con quien me pasé más de cinco horas confeccionando el pergamino.

 Al terminar se lo mostramos a algunos estudiantes compañeros de la época y nos dijeron que parecía que no fue hecho a mano. A las seis de la tarde de ese domingo, con pergamino en mano y preparado para asistir a la fiesta, vino el Jeep, esta vez el chófer solo y no montamos rumbo al Club de oficiales.

La fiesta tuvo un apoyo total, muchas gentes querían despedir al Mayor, quien lucía tranquilo y contento en el evento de despedida.Luego de la ceremonia de entrega del pergamino y los discursos de rigor, el Mayor dio las gracias y expresó lo satisfecho que se sentía en medio de tantas gentes que lo querían. 

Momentos más tarde, cuando todos estaban sentados a la mesa de honor, vimos que el Capitán nos hacía señas para que nos acercáramos. Nos sentó a su lado y le dijo al Mayor: Este fue el artista que hizo el pergamino. 

El Mayor desenrolló el mismo y lo observó y nos felicitó. Al pararme e intentar despedirme de la mesa, nos ordenó que nos quedáramos ahí. Posteriormente me preguntó el Capitán, que cuanto le iba a cobrar por el trabajo y que no sería esa noche, sino mañana que lo pasara a buscar por la fortaleza.

 Al otro día fuimos a la fortaleza, pasada las onces de la mañana, pregunté por el Capitán Osoria al oficial del día, y nos mostró una puerta de donde salió otro oficial; al decirle que éramos lo del pergamino, que el Capitán nos dijo que pasáramos hoy.

Lo que éste sujeto nos dijo, nos dejó en suspenso la respiración. Estos son los falsificadores de cheques que andan por ahí, es bueno conocerlos para tranc... Ya no oí más, porque al escuchar esto, ya iba saliendo del recinto militar.

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