Benjamin Garcia
Intelectual mocano
Hace mas de dos mil años, en un humilde pesebre de Belén, un
pequeño pueblo de Judea, nació un niño cuyo destino sería, cambiar la vida de
los hombres sobre la tierra. Tal fue su
incidencia, que el tiempo en esta parte del mundo llamada occidente, fue
dividido en dos: antes y después de su llegada.
Aunque no haya sido justo para esta fecha, es la seleccionada para
celebrar este acontecimiento, significativo y definitivo en una parte
importante de la gente del planeta, fundamentalmente en su vida espiritual.
Nuestra patria es signataria de esta alegría y cada final de
año se prepara para la fiesta de recordación del más grande de los hombres
cuyos pies han recorrido los polvos de los continentes. Es una celebración especial, mágica y cada región
del planeta donde se vive, le da su toque particular. También nosotros.
Con la globalización y la aldeanización del mundo, el
intercambio de las costumbres, como ha pasado en todas las civilizaciones, es
notorio. Por eso no es de extrañar,
encontrar en un árbol navideño, emblema esencial de la época, un paisaje
nevado, aunque nunca hayamos tenido la oportunidad de ver tal espectáculo por
esta zona.
La República Dominicana, entonces, también hace sus aportes a
la parafernalia de la conmemoración. La música,
la comida, el tipo de decoración, incluido la coincidencia de eventos, como la
llegada de quienes una vez abandonaron el territorio por razones económicas o políticas,
y han hecho de la fecha una tradición el volver a reencontrarse con los
suyos.
Cada año las escenas son
parecidas, como diría el reconocido comunicador Jochy Santos en su ya emblemático
merengue, se produce “la misma pela”.
Los aguinaldos, encuentros familiares y de las empresas, el repetir la
comida de la Noche Buena en la Navidad, la nostalgia a final de año, los
merengues clásicos cada vez más en desuso y lo más lamentable, la cantidad de
victimas que genera la inconciencia de la gente, el abuso en el consumo de
alcohol y el aprovechamiento de los antisociales para sus bellaquerías.
Por eso llama la atención el hecho de que las autoridades se
vean en la obligación, de enviar a las calles un contingente policial, cual si
se tratara de una guerra o una huelga con desobediencia civil incluida. Es una vergüenza y una pena que para una
fiesta de connotación religiosa, haya que “meter miedo” a nuestra gente, con el
fin de evitar desgracias mayores.
Nos encontramos cada año, el resumen estadístico de muertos
en accidentes, riñas u otras modalidades propias de la ingesta excesiva de
alcohol, incluido la manera irresponsable en que muchos desaprensivos, hacen
uso casi perverso de las armas, sobre todo cuando se sustituye el confeti o el
fuego de artificio por el desagradable ruido de un tiro de pistola.
Ojala, la cordura sea también parte de este ritual de final de año, y no
vivamos la vergüenza de tener que ser asistidos por uniformados, sino por el
mismo Dios que se hace presente de nuevo entre nosotros, cuando volvemos a
celebrar su nacimiento.
www.villabega.blogspot.com
www.paratrillarcaminos.blogspot.com
www.paratrillarcaminos.blogspot.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Tu opinion nos ayuda a crecer