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miércoles, 29 de julio de 2009

El cuento del dia: El Dragón‏




Autor Dante Andrés Michelena

Intelectual argentino,residente en la Republica Dominicana


La noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo.


Ahora, sólo la noche temblaba, en el alma de los dos hombres, encorvados en el, desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes. Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados.


Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.- ¡No, idiota, nos delatarás!- ¡Que importa! -dijo el otro hombre-.


El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.- Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...- ¿Por que? ¿Por que? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!- ¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.- ¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!- ¡Espera, escucha! Los dos hombres se quedaron quietos. Aguardaron largo tiempo, pero solo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, corno tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.- Ah... -


El segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Este dragón dicen que tiene ojos de fuego, y un aliento de gas blanquecino; se lo ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas, aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a éste monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?- ¡Suficiente te digo!- ¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.- Novecientos años después de Navidad.-


No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En éste páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego.


¡Qué, Dios nos ampare!- ¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!- ¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va.


Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados. Enfundado a medias en el coiselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza. En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte.


Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde: el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.- Mira... -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá... A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido, el dragón.


Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos, en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta, y el dragón, rugiendo, se acercó, y se acercó todavía más. La deslumbrante mirada amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro, y en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.-


¡Pronto! Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.- ¡Por aquí pasa! Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballeros.- ¡Señor!- Sí, invoquemos su nombre.


En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso, y un ímpetu demoledor, y la bestia prosiguió su carrera.- ¡Dios misericordioso!


La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado, y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó, y el hombro negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca.


Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.- ¿Viste? - gritó una voz -. ¿No te lo había dicho?- ¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!- ¿Vas a detenerte?- Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.- Pero atropellamos algo.


El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió. Una ráfaga de humo dividió la niebla.- Llegaremos a Stokely a horario. Más carbón, ¿eh, Fred? Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto.


El tren nocturno, de fuego y furia, entro en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el Norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.Ray BradburyRemedio Para MelancólicosRay Douglas Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 de agosto de 1920) es un escritor estadounidense de misterio del género fantástico, terror y ciencia ficción.


Principalmente conocido por su obra Crónicas Marcianas, un libro escrito en 1950 que es descrito como una colección de historias cortas, además de ser una novela, y la novela Fahrenheit 451, publicada en 1953. Se considera a sí mismo "un narrador de cuentos con propósitos morales".


Un clima poético y un cierto romanticismo son otros rasgos persistentes en la obra de Ray Bradbury, si bien sus temas están inspirados en la vida diaria de las personas. Por sus peculiares características y temáticas su obra puede considerarse como exponente del realismo épico, aunque nunca la haya definido de este modo.


Si bien a Bradbury se le conoce como escritor de ficción científica, él mismo ha declarado que no es escritor de ciencia ficción sino de fantasía y que la única novela de ciencia ficción que ha escrito es Fahrenheit 451.


Estas son partes de sus obras: Fahrenheit 451 (1953) El vino del estío (1957) La feria de las tinieblas (1962) El árbol de las brujas (1972) La muerte es un asunto solitario (1985) Cementerio para lunáticos (1990) El Sonido del Trueno (1990) Sombras verdes, ballena blanca (1992) El verano de la despedida (2006)

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