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lunes, 24 de mayo de 2010

¿A rey muerto, rey puesto?

Por Ricardo Rodríguez Rosa




Así como las victorias tienen muchos padres y las derrotas son huérfanas, del mismo modo alrededor de los éxitos revolotean los oportunistas y sobre los fracasos sobrevuelan los buitres.




De ese modo se puede resumir el devenir de la historia de la humanidad, en la que indistintamente de cuando en vez se asoman con sus corazas blindadas y sus adustos rostros aquellos proclives a ejercitar el oportunismo de cartón, el transfuguismo veleidoso y la irresponsabilidad personal y hasta profesional (en el peor de los casos).



A ellos parece que poco les ha enseñado el pretérito universal, cuando de ser coherentes y solidarios se trata. De estar al lado del amigo no sólo cuando de él se logran ventajas (fundamentalmente económicas) sino en los momentos en que los designios trazados por Dios cambian de sendero, llevándolo a vivir otra experiencia que, a pesar de que el presente la proyecte como escabrosa y deleznable, no será otra cosa que una prueba más a la que el Todopoderoso somete a esa persona.



Amigo no es aquel que hace reír, sino el que de vez en cundo hace llorar. En modo alguno se puede catalogar de amiga la persona que celebra toda suerte de chistes, siempre y cuando pueda lograr algo del alpiste que generosamente se ofrece.



Los últimos ocho años que consumió José Enrique Sued como administrador del municipio de Santiago fueron suficientes para que se le sumaran nuevos “amigos”, más con el interés de ver solucionados sus problemas, ya de manera parcial o total, a través del cabildo.



En el ocaso de esa administración (aunque no de su carrera política) comienzan a tornarse incontables los dardos que ahora lanzan a sus anchas espaldas esos que hasta el 17 de mayo pasado le juraban lealtad, fidelidad, respaldo, aprecio y amistad incondicional.



Con el cadáver político aún caliente esos “amigos” hace días que comenzaron a aplicar el adagio de que “a rey muerto, rey puesto” y empiezan a ver defectos de su administración donde hasta entonces veían virtudes.



Me enorgullezco al decir que soy amigo de José Enrique desde 1972 y los 38 años discurridos han sido suficientes para que él me haya demostrado hasta la saciedad aprecio y amistad.



Ese amigo vive un momento estelar de su carrera política y aquí estoy junto a él, porque no soy amigo del cargo de alcalde que hasta el 16 de agosto José Enrique ocupará, sino de ese hombre sincero, humano y servicial que ese día dejará el cargo no para iniciar un vuelo en descenso, buscando el suelo, sino en ascenso, en pos del firmamento. Y es que, en su caso, no voy a aplicar la máxima de que “a rey muerto, rey puesto”. No señor.





ricardo.rodriguezrosa@gmail.com
Diariodigitalrd.com






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